No sé

La náusea se enreda en mis pensamientos y colapsa mis sentidos. Siento un ligero mareo; el movimiento oscilante de la confusión me mueve de un lado a otro, como si yo no fuese más que una carga ligera, con órganos que pesan y se revuelven en su interior. Escucho carcajadas que florecen de labios rubios, y chirrían hasta obstruir mi respiración. Los altavoces palpitan insoportables a unos metros detrás de mí, y la música que cosquillea mis oídos es calma y se contrasta. Siento ganas de vomitar; de expulsar la incomodidad en la que me sumo. El autobús cada vez reduce más su tamaño y me siento atrapada entre risas; entre una habladuría ininteligible. Cuando sus labios sisean se asemejan a serpientes que van ascendiendo por los asientos hasta llegar a mí. Siento el chasquido del cristal romperse a mi derecha. Nadie lo ha escuchado, ni ha visto sus restos clavados profundamente en mis sienes, en los pómulos; nadie ha visto esos pequeños trozos de vidrio que han rasgado mis ojos y han desafiado mi arco de cupido, en busca de afilarlo más.

Yo tampoco los he visto, si soy con mi otro yo totalmente honesta, pero los intuyo. Algo en el reflejo en el cual me diviso me da pistas para interpretarlo así. Mi otro yo me mira hastiada, con la mirada enfocada en el vacío, en la indiferencia. Siento que quiero escapar. Siento, siento, siento, pero nada lo veo de manera concreta. Sus risas se acercan más a mí y me invaden, me fundo en una sola carcajada, que no es mía, y sin embargo es una imitación pobre de la misma.

—Me cansa escuchar las mismas melodías pero me calma todo aquello que no desconozco.

Me fundo en una sola carcajada, que sí es mía, y sin embargo no parece una imitación de mí misma. No tengo una personalidad definida; me adapto de manera camaleónica al medio, al resto de los componentes del paisaje, y me vuelvo uno más sin pasar desapercibida. Me adhiero a los asientos del autobús y me convierto en un idioma distinto que no sé hablar pero que domino. Las serpientes corren por mis piernas y obstruyen de nuevo mi respiración. He perdido mi capacidad del ser. Ahora soy solamente una carcajada adolescente que ha adoptado la forma de unas bocas rubias y de su inexpresiva realidad.

Y eso es lo único

Aún hay amor. Mis oídos interpretan el ritmo coordinado y descendiente de la música como un amanecer oleado, adentrándose de forma movediza en mis oídos. Siento el roce de la escasa ropa de verano sobre mi cuerpo, el algodón deshilachado entre mis piernas, las invisibles células muertas que yacen sobre la ancha camiseta, y la suavidad de una calurosa sábana descompuesta cubriendo la progresiva sudoración de mi piel. Acerco las piernas al pecho como si pretendiese unir todas mis extremidades que se hallan desperdigadas sobre el colchón. Aún hay tranquilidad; una tranquilidad angustiosa. Dos toques sobre la madera blanca e hinchada de la puerta y una voz desenfadada tapándose simultáneamente bajo el sonido agresivo. Levanto los párpados, me sumo en la inferioridad de una mañana estancada más. Mi padre me acerca el desayuno desde la puerta como a los carcelarios, después se aleja con pasos acolchonados por el pasillo, envuelto en un silencio mustio. Me llamo a mí misma en el interior del cuerpo y encuentro un eco que se reverbera al vacío. Aún no hay nada. Aún no ha crecido nada. Lo volveré a intentar más adelante, pienso.

Una silla alberga mi cuerpo mientras estoy comiendo; el plato a la derecha, como es costumbre, y un vaso acristalado relleno con un líquido naranja a la izquierda. El resto de la mesa, vacía. Los tenedores tambalean entre mis dedos. La sutileza toca tras el cristal abierto de la ventana. Como, pero sin rozar la comida. La muevo, la elevo, la observo, y marco con mis ojos cada trazo irregular. Desecho los granos de avena que tienen una forma distinta al anterior. Cosecho tres granos simétricos. Dos los ingiero, uno lo guardo en un tarro; llevo coleccionados 731 granos de avena de idéntico relieve y tamaño. Abro un cajón colocado a mi izquierda, a la altura de mi rodilla, y saco una tira con una gama de cinco tonos anaranjados. El rectángulo que se encuentra a la mitad, el tercero, es el único perfecto. Hoy, el zumo tampoco lo alcanza. Lo desecho. Me levanto, y salgo de la habitación. Mientras camino por el oscuro pasillo, escucho la voz grave de mi padre dirigirse hacia mí: “¿te has tomado ya todo el desayuno?”. Afirmo. No le miro. Me adentro al baño. El cristal en la esquina agrietado me recuerda a la miseria irrecuperable. Cierro la puerta, y evito mirarme, me peino a ciegas, a oscuras, recorriendo cada nudo con los dedos, destartalándome los rizos y maquillándome un rostro fresco. Tengo granos hasta en la mandíbula, sin embargo, nadie dice vérmelos. Sonrío. La ropa ordinaria y callejera me produce claustrofobia, la indiferencia de mi aspecto me guía a la indiscutible fealdad. Al bajar las escaleras, momento previo de abrir la puerta de la calle y escapar del portal con paso de gacela, me miro un instante en el espejo, de reojo, sin quererlo; mi cabello luce flácido, aceptable sólo en la ausencia de otros cuantos. Mi mirada, hundida, y mis pestañas invisibles. No soy un rostro: soy la miseria de un rostro. ¿De qué sirve alimentar a quien se va a negar para siempre a un plato de comida? De nada. Por eso, sólo por eso, he dejado de cuidarme. Y de mirarme. Odio mi reflejo y el reflejo de mi odio.

Desaparezco tras los barrotes negros y el cristal sucio de la puerta de un portal. Me peso. ¡Me peso! Y nadie sabe cómo aligerarme. ¿Por qué deberían ellos saberlo? Me peso, en todos los sentidos. Ojalá, ojalá pesar menos, medir menos, sentir menos, descuidarme menos. Pero me peso, y eso es todo.

Y eso es lo único.

IV

No puede ser que estés siempre rezando. Te estás volviendo lenta y escandalosa.

No puede ser que estés siempre girando y nunca te hayas hecho añicos. Ni descolorido, ni mezclado con rojos y haberte encogido porque el jabón estaba demasiado frío.

No puede ser que entrar a la cocina contigo sea como recrear el despegue de un vuelo, y derretir el chocolate sean los aplausos del aterrizaje y el silencio del microondas en explosión.

He llegado a pensar que eras indestructible. Intenté alejarte del eco con mis dedos y los pasos en el suelo sólo se marcaban con más consistencia.

Puedo sentarme sobre cualquier silla empolvada, o cualquier cama enredada, y tú seguirás rellenando todo espacio en el que te daba ya por perdida. Me has trastornado y estoy aturdida.

A veces conseguía despegarte de mi cuerpo y en la calle me abrazabas. ¿Qué tienen esos coches que tanto te asustan, y esos libros que parecen que te guardan? Entrecortada te escondes entre las letras y sólo las escribes. El recuerdo de un insulto ha decaído tus hombros.

¿Por qué son tus codos tan oscuros, y tus huesos tan huecos? Los músculos que te envuelven parecen tan finos como papel pergamino, y llevo mucho tiempo intentando que entiendas que la genética es modificable. Aún no te entiendo. Sé que dices palabras. Pero, sólo conozco el alfabeto.

Llevas mil ochocientas palabras aproximadas y todavía no te acercas a empujarme. Atrévete. El camino de vuelta siempre es tembloroso, y el de ida, solitario. No haces más que hablarme por las mañanas y desear volverte frío. Me dices que la ropa de invierno va acabar por cohibirme. Quítate ese abrigo y siéntete gélida en los brazos, colorea tus pómulos sensibles de rosa. Tus dientes son azules y me pregunto por qué no naciste blanca y ordenada.

El negro está corriendo por ambos paladares. Descienden por mi cuello olas de agua dulce, la sal se compacta en esa canción que suena desde los altavoces. Me roza la suavidad de tus alas la espalda. Plumas rítmicas y recuerdos apacibles. A veces… a veces creo que no eres tan desagradable.

Es mentira. El agua que fluía sin cesar de la ducha me dijo que es mentira. Que tú eras mentira. Y justo en ese momento el reloj se detuvo en alguna hora de la madrugada. No sé por qué ahora tienes ese afán de manifestarte en letras y en otras voces. Estoy rehuyendo de ti y lo único que haces es clavar tu existencia en la realidad. Me remuevo el rostro con la desesperación de perderte. Y tú, aún, sigues encontrándome.

Sé que estás lejos cuando estoy con gente. Te avergüenzas. Te escondes en lo más profundo de mí y cubres tus ojos con tus manos. Evitas ver que hay gente a tu alrededor. Me susurras que evite ver que hay gente a mi alrededor. Me tapas los oídos con los pies y me dejas los ojos muy abiertos.

Estoy empezando a ver borroso y no quiero parpadear. No voy a conseguir limpiarme. La nitidez es irrecuperable. La pantalla se expande como un océano. La lluvia cae desde el techo.

La soledad es indestructible.

No me mires.

Tengo miedo de que me veas así. Mis ojos están hundidos, mi cabello se enreda en sí mismo como un animal enmarañado, sucio y perdido entre cartones callejeros; mi piel se rige por constelaciones de color rosáceo, y mis lunares son de un negro amargo y repugnante. Escasez. Tengo miedo de que me sueñes porcelana y sin estrías. Me idealizas como una muñeca intocable, juzgas mi voz por mi aspecto, me llamas delicada, suave, de rostro sencillo. Soy tosca, del color amarillento de un papel desgastado, arrugado, rechazado en los baúles del pasado, con anorexia u obesidad según por qué extremidad me mires; muerta de hambre y muerta por saciar el hambre. No llames esteticismo a mis ojeras, pues sólo realzan las canicas de mis ojos, el marrón común y otoñal que abarcan mis finas pestañas alrededor. No tengo nada bueno pero tampoco soy vacío. No romantices la fealdad. Es incómodo que me susurres pensamientos apacibles por la noche, diciéndome lo mucho que quieres rozarme y dedicarme unas palabras con las yemas de tus dedos… Lo antiestético no se merece calor, más que el de un mechero manchando las deformidades con sus quemaduras, y arreglándolas. ¿Me entiendes? Me da vergüenza decirte toda la preciosidad que escondes porque yo no tengo nada que ofrecerte. Te escribo. Aquí puedo controlar lo que recibo, puedo colocar las letras como me parezca, crear diferentes obras de arte, y que ninguna salga de los límites de mi incomodidad por descontrol. Mi cuello está enflaquecido por una pulsera a medida que lo oprime, tornándose oscuro bajo el manto rugoso de una piel enferma. No te atrevas a pensarlo, y no te atrevas a imaginarme plena. Tienes tanto que ofrecerme que me apena.

No me mires así.

Algún dolor inmerecido

Delgado y cabizbajo, con la muerte entre los dedos te retrato. Las nubes enrojecidas se anclaron bajo tu peso, y requemaron tus entrañas como espasmos; ahora te diviso errante en la lejanía, entre alcoholización y humos acalorantes; entre asfixia e incesantes náuseas. Me transmites pesadumbre y mi antebrazo grita exhausto por una hemorragia imparable, sustentándose la vida desde una vena frágil, desgastada. Es central y limpio el corte que se halla en mi alma, intangible e insospechado como un pedazo de tu carne, yaciendo en la palma de mi mano, palpitante y angustiado, virgen aún y desprendiendo un inconfundible aroma, con el recuerdo latente y desesperado. Mucho es difícil aguantar cuando alguien a quien aprecias marcha de tu lado: en un segundo ocurre el cambio, en un instante el desamparo, y al momento siguiente sollozas único y desconsolado, sobre unas sábanas húmedas y manchadas, inundadas de tristeza y amargura, endulzadas con la vida desalmada. La tormenta en el cemento me refrena, y el llanto de la lluvia discurriendo en la ventana imita el tuyo: tu silencioso gemido malherido, el vacío de tus pupilas adheridas a la pena, la llamada insidiosa de un rescate; la hipotermia minuciosa de un astronómico espanto. Te sostengo como una daga en el pecho clavada, cubriendo de un fluido oscuro mi vientre, mi busto; abiertos y rasgados mis muslos. Me dueles como el viento austero de un día soleado y calmo, alguien hizo la predicción despreocupada de tu huida, y ahora es frustrada y se desangra. Suelto, y desgarrado de mi cuerpo deambulas, cabizbajo y delgado, con la muerte entre los dedos. Te desato.

Escribir sobre no escribir

Cuando el viento se levanta y destella en un blanco manchado sobre el cielo, y la habitación, solitaria y desarmada. En silencio, golpean las puertas, rechinan los pasos en un sonido austero sobre el cemento, y parece el olor de la lluvia mojar cada espacio abierto y vacío con sus gotas palpitantes y temerosas. Se va la luz y la señal en un dispotivo en lo alto de un valle verdoso, se va la tristeza en el cuerpo de un hogar a ras del suelo y casi hundido. Voces, voces que crea el viento y despeja, desmorona, arranca y revuelve de una manera demente. Él, cabizbajo, con el miedo de no saber adentrarse a una nube incierta que alise con sus dedos todo signo de arruga, se envuelve paralelo a una puerta, ya con la vejez de su madera contada y la cercanía de su caída. Su futuro próximo de hacerse añicos. Su pasado lejano de reconstruirse. Desalmado, pero esta vez tomando otro significado, careciendo de alma y adolecido de ella. El marco de la ventana no deja de reprocharle no ser más amplio, y él sólo aprieta los párpados imaginando que es un cuadro que no habla. Cierto es que no habla, sin embargo todo su interior sigue comunicándose. Arrastra su mano como un peso muerto al bolígrafo e intenta levantarlo hasta la hoja que se encuentra reposando, vacía, con relieve húmedo de montaña en sus esquinas, a su derecha, y deslizar palabra alguna. Mas sólo le sale un garabato infantil que aúlla auxilio en toda su gama de color azul. Se desploma y le dan de bruces contra una realidad progresiva, las paredes tintinean en luces otra vez, su cabeza grita enfurecida, y la impotencia le defiende maternal entre sus brazos. Y él sólo sabe llorar tinta, porque ya no sabe llorar palabras…